DIA Y NOCHE

Día tras día

La vio entrar en el local y se maravilló al comprobar que seguía tan extrañamente hermosa como siempre, con ese aire indefinible de maternal calidez, con la mirada pícara e incitante. La miró moverse por entre las mesas del restaurante,  recordando cada uno de los gestos que se hallaban grabados a fuego en su memoria. Admiró su andar de gata sabia. Adivinó sentir bajo sus dedos el tacto elástico de su cintura, la promesa de sus caderas, el cálido palpitar de su pecho. En sus labios notó como un leve roce, un estremecimiento del aire cercano, casi creyó notar su aliento cuando ella, sonriendo, habló con el camarero, su voz perdida entre las conversaciones ajenas. Le sorprendió su acelerado pulso al intentar escuchar sus palabras, pero también el alivio de no haberlas oído. Los recuerdos se alborotaban en su mente, confundidos en una amalgama de responsabilidades y deseos, mientras la miraba, con el alma en los ojos, con la intención consciente de detener el transcurrir de los hechos, de poseer el instante perfecto de contemplarla de nuevo. Notó un dolor sordo, cuando ella terminó su comida, pagó su cuenta, y como un hada, se deslizó fuera del local, pero en ese mismo instante, supo que volvería a verla, que la esperaría sentado en esa misma mesa, día tras día, hasta que de nuevo ella volviera a entrar en su vida, por el breve espacio de una comida en un restaurante anónimo, en el que por casualidad la vio cierto día.  

 

 

Noche tras noche

Lo que debiera ser el olvido del sueño cayó sobre él, y de nuevo, como un mágico tatuaje en el interior de sus párpados, su callada imagen se impuso a cualquier ensoñación, dueña del escenario sagrado de las ilusiones que mantienen cuerdas las mentes de los vivos. Vientos enloquecidos entre escarpadas rocas, y siempre ella, sus ojos, su pelo, su anhelada presencia que todo lo empapaba, turbando la intimidad de sus reacciones, de sus emociones. Se sentía victima de un poder al que no podía resistir, que le asediaba cruel y despiadado, el recuerdo de lo ya soñado y de cuanto había temido. Inquieto se revolvía en su lecho, atrapado por imágenes que no podía rechazar, mientras su conciencia naufragaba en el conocimiento de ser la presa de sus propias ambiciones, de ser el verdugo que cada noche asediaba su dormir y su soñar, noche tras noche, día tras día, desde siempre... siempre ella.

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